Ante las propias puertas del Orco canté a la alegría
y a las Sombras enseñé la embriaguez,
pues, favorecido entre tantos, apercibí
en toda su divinidad a mi diosa.
Como el piloto que tras oscura noche mira
al océano que se empurpura,
como los bienaventurados contemplando los bosques elíseos,
así te admiro yo, oh adorada maravilla.
Águila y halcón han plegado sus alas, respetuosos,
olvidados del polvo que los forma.
A la diosa precede una pareja de leones conducidos
con lazos tachonados de diamante.
Ágiles torrentes impetuosos se detienen,
-igual mi corazón- mudos de miedo y de delicia;
los audaces hijos de Bóreas se han desvanecido,
la tierra ya es un templo.
En recompensa a mi leal devoción,
la diosa me ha tendido su diestra.
Penetrados por una fuerza mágica,
mente y corazón, embellecidos, aclámanla.
Las palabras de la que juzga a los monarcas
resuenan para siempre en mi alma,
resuenan para siempre en todas partes.
Escuchad, Espíritus, lo que dice vuestra madre:
“Titubeando entre las olas del antiguo caos,
jubilosa y sin freno, como las sacerdotisas de Baco,
y engañada por el suelto atrevimiento de mi juventud,
me creía dueña de la Libertad.
Pero el conflicto de los elementos desencadenados
acarrearía la hora fatal;
mi voluntad recurrió entonces al Infinito
y concluyó con él una alianza fraternal.
Mi voluntad no destruye mi vida endeble,
ni el audaz coraje, ni el gozo restallante.
A todos acuerdo el derecho de amar,
cada cual puede hacer suyo lo que amor impone.
Libre y arrogante, en su marcha inmutable,
la fuerza infinita sigue su vasto curso;
impulsada por la dulce necesidad de amar,
la debilidad se busca un refugio en el gran universo.
¿Acaso podría un gigante mutilar mi águila?
¿O un dios quebrar mis rayos orgulloso?
¿El decreto de un tirano haría retroceder el mar?
¿O la trayectoria de los astros?
Sin que lo marchiten los ídolos que inventa,
fiel al pacto inmutable que ha concluido,
y fiel a las santas leyes del amor,
el universo desarrolla en libertad su vida sagrada.
Satisfechas de su justo esplendor,
las centelleantes armas de Orión
no fulminarán jamás a los fraternos Tíndaros.
El mismo Leo los saluda amistosamente
Dichoso de su divina suerte –propagar alegría-
Helios, dulce y tranquilo
envía en una sonrisa a la tierra que ama
vida joven y fastuosos beneficios.
Sin que lo marchiten los ídolos que inventa,
fiel al pacto inmutable que ha concluido,
y fiel a las santas leyes del amor,
el universo desarrolla en libertad su vida sagrada.
Sólo un ser, uno solo, ha caído;
lleva el estigma de una vergüenza infernal.
Capaz de optar por las más bellas empresas,
el hombre se arrastra bajo un abyecto yugo.
¡Ay! ¡Era el más divino de los seres!
No lo acuses, Natura, tú que supiste permanecer fiel.
Pues como promesa de una cura más que maravillosa,
lleva también la marca de una fuerza heroica.
Vamos, resplandece ya, hora de la Creación nueva,
ven a sonreírnos, dulce edad de oro,
y que en esta alianza hermosísima que nada modifica,
el Infinito te celebre.”
Hermanos, ¿cuándo llegará ese tiempo?
¡En el nombre de aquellos que engendramos para la vergüenza,
en el nombre de nuestras reales esperanzas,
en el nombre de los bienes que colman el alma,
en el nombre de esta fuerza divina, herencia nuestra,
y en el nombre de nuestro amor, hermanos míos,
reyes del mundo hecho, despertad!
¡Dios de los Tiempos! Bajo un cielo cargado tus alas
nos traen, consoladoras, un poco de frescura.
Nos gusta ver que dulces imágenes de rosa
nos sonríen en el camino desierto y espinoso.
Cuando ni sombra de gloria de los antepasados queda
y se hunde el último vestigio de libertad,
mi corazón vierte lágrimas amargas
y se refugia en el mundo más bello de sus sueños.
Todo cuanto fue presa del tiempo
florecerá de nuevo mañana, más hermoso;
la primavera nacerá de la destrucción
tal Uranio naciendo entre las olas.
Cuando las pálidas estrellas inclinan su cabeza,
Hyperión resplandece en su trayecto heroico.
Continuad pudriéndoos, esclavos; días de libertad
se alzarán sonrientes sobre vuestras tumbas.
Antaño, la Justicia en llanto encontró asilo
en los austeros palacios de Minos.
Y ahora, vedla enlazar con maternal ternura
a los hijos leales de la tierra.
¡Ah, los manes de los divinos Catones
están triunfando en los campos Elíseos,
la juventud blande arrogante insignias en tropel,
el templo de la Gloria se abre a los ejércitos!
Los benevolentes dioses ya no esparcen
su generosidad sobre el orgullo indolente;
los sagrados campo de Ceres colman de dones
más dulces aún a la segadora morena,
y en la viña inflamada resuena
más fuerte, más animado el vocerío alegre de los vendimiadores.
Nunca rozados por el ala de la Preocupación,
los seres de alegría se dilatan y sonríen.
El Amor baja de lo alto del cielo;
el coraje viril y la nobleza del corazón renacen.
Tú, hija de la edad ingenua, dulce Simplicidad,
nos entregas el tiempo de los dioses.
Triunfa la fidelidad. Por salvar a sus enemigos,
los héroes caen semejantes majestuosos cedros,
y los salvadores de la patria se encaminan
triunfalmente hacia un mundo mejor.
¡Que tal día mis despojos, ya para entonces
encerrados en estrecha morada, puedan dormir en paz!
Me basta con haber probado del cáliz de la esperanza,
con haber saboreado la dulce aurora.
Así es como en lo lejano sin nube
veo brillar este nombre sagrado: Libertad.
Así, con vosotros, astros soberanos,
se oirán de mi laúd acordes más solemnes.